HISTORIA DEL SOMBRERO VOL.2

Los muchos rostros del sombrero

La historia del sombrero no se detuvo con su expansión en la corte francesa o italiana. En los siglos siguientes, la prenda siguió multiplicándose en formas, nombres y significados, hasta convertirse en un universo propio donde cada estilo contaba una historia distinta.

El nombre de “sombrero” como tal guarda una curiosidad: surge en Italia hacia el año 1800, a raíz de un fabricante del norte del país que lo popularizó y lo llevó a los mercados europeos. Una palabra nueva para un objeto antiguo, que consolidaba así su lugar en el lenguaje cotidiano.

A partir de ahí, la lista de modelos se volvió casi inabarcable. El gorro frigio, del que ya hablamos, tiene su propio recorrido simbólico, cargado de historia. El pétaso, redondo y de ala ancha, fue el compañero inseparable de los viajeros griegos. La capucha medieval o chapero, documentada en torno al año 1200, cubría como un velo y ofrecía calor en climas húmedos. El sombrero de paja de ala amplia, sencillo y eterno, se llevaba ya en tiempos anteriores a Cristo y todavía hoy protege a campesinos en medio mundo.

Otros sombreros aparecieron en contextos más bélicos o ceremoniales. El guacinet, ligado a la indumentaria medieval, con sus litras y su aire de protección. Y uno de los más célebres, el chambergo, nacido en el siglo XVII, de ala caída y aspecto sobrio, que terminó inmortalizado en la literatura en la figura del capitán Alatriste y en la imagen de los soldados de “Ala Triste”.
Cada uno de estos sombreros fue mucho más que un accesorio. Eran estandartes de identidad, objetos que hablaban sin palabras de quién era su portador, de dónde venía y qué papel ocupaba en la sociedad. Porque al recorrer la historia del sombrero descubrimos que no hay prenda más elocuente: basta un ala, una copa, un pliegue, para que la cabeza que lo lleva se transforme y adquiera una voz distinta.